HAMBRE

¿QUIÉN CREES QUE AL FINAL VA A ENLOQUECER? 



El nombre de la rosa Un perro negro y grande, de raza desconocida y muy fatigado de correr kilómetros, ladraba desesperado buscando la salvación, para no ser devorado por los hambrientos humanos. Algunos armados con cuchillos de carnicería en sus manos llenas de cicatrices de mordeduras humanas, con rostros idos por la falta de libertad y de recuerdos de una vida antigua, que muchos definen como paraíso. Los otros estaban sentados en una esquina, sollozando y lamentando no haber muerto el día en que las personas se volvieron locas y empezaron a matarse; además de desear morir.

El pobre animal, aumentando el tono de sus gemidos, se encontraba encerrado entre una pared de ladrillos y una pared de seres dementes por el hambre. Los otros no se preocupaban, ni se estremecían por los chillidos del animal, a excepción de una muchacha que se tapaba los oídos y no dejaba brotar lágrimas de sus ojos, que rodeaban luego en las mejillas sucias de barro y sangre, aunque ella no tenía idea de eso; de su aspecto mugriento y desbastador

En un instante, intentando calmar los latidos del frenético corazón, los dos, la chica y el perro, miraron el cielo del medio día enmarcado por un sol naranja cubierto por una nube negra o violeta; no lo sabían con claridad. Al siguiente momento, la muchacha cerró los ojos y sintió un malestar, como si un cuchillo estuviera atravesándole el corazón histérico. Segundos después, los chillidos del perro se hicieron más frenéticos y, un minuto más tarde, se callaron. Los gritos triunfantes y melancólicos resonaron por todo el parque; luego, se divisaron los cuerpos humanos saltando con el cadáver del animal en las manos.

La joven, al ver el desfile, sintió unas náuseas que llegaban como un volcán en erupción. Los hombres y mujeres, lavados en sangre fresca y seca y, para agregar, sus cabellos como una cerámica, eran fuente de un gran olor desagradable.

Todos los que estaban sentados en el suelo, quienes se lamentaban en silencio, ya se habían levantado para ir al punto de reunión donde asaban la carne de los animales; para comer al menos una migaja, para no morir como aquel animal. Muy pocos se quedaron presenciando el pasto largo y picoso, protegidos por algunos árboles gigantes o simplemente esperando la hora de su muerte. Igualmente, muchos sabían que era el último animal, la última comida, la última esperanza.

La joven, pensativa, no sabía si ir a devorar la carne del perro quien fue su mejor amigo o morir como él. Se levantó con el pecho inflado, con quién sabe qué fuerzas, y caminó hacia un nogal con el fin de seguir volviendo el estómago. Con los ojos cerrados y las manos apoyadas en la madera carrasposa, la niña vomitaba sin control una sustancia blanca, como espuma.

- ¡Oye! –le gritó una mujer de vestido rojo ceñido a su cuerpo delgado-. Deja de vomitar, estúpida. ¿Vas a comer o te mato? –dijo mostrando una pistola en las manos; segundos después apuntó hacia la joven. Ella, con el corazón en la boca, solo negó- ¡No entiendo tu jodido cerebro, no jodas y responde!

-Voy a comer...-su respiración agitada no hizo que la respuesta llegara a los oídos de la mujer; esta la amenazó de nuevo. La joven gritó: - ¡Voy a comer!

-Si es así... ¡Muévete del camino o si no te disparo!

La muchacha corrió horrorizada. Al pasar por el lado de la mujer el corazón aumentó su frenesí, ya que el olor más el disparo al aire que había hecho la mujer la hizo saltar y correr con más velocidad hacia el centro de la masa humana chiflada, donde el olor a sudor, sangre y carne asada se mezclaban de forma espantosa.

Muchos se movían de forma automática, como si fueran animales entrenados y especializados. Unos cuantos se dedicaban a quitar el pelaje y la piel del perro; otros, muy pocos, a contar a las personas y a partir la carne en partes algo igualitarias. Un grupo diferente, a asar los pedazos que llegaban. Los seres sobrantes solo podían esperar en una fila india la comida. En este proceso, las personas no producían ruido alguno, solo estaban los sonidos de las manos de los trabajadores hundiéndose en los intestinos del animal y los disparos de la mujer de rojo; ni siquiera los gritos de los próximos cadáveres se asomaban. Al final, todos comían en silencio, muchos con el vómito en la garganta, ya sea por el moribundo olor o porque les había tocado un intestino; por ejemplo, el niño de cabellera rubia con barro estaba obligado a comer la vejiga.

-Hombres y mujeres de este pequeño grupo de supervivientes de esta miserable ciudad, debo anunciarles algo de gran esquizofrenia-habló un hombre joven, aparentemente de veinte años, interrumpiendo el almuerzo-. Como muchos ya saben, nuestro último animal ha sido sacrificado el día de hoy. Exactamente, el mundo lleva en esta catástrofe dos semanas. Muchos se han suicidado, rindiéndose, pero nosotros no lo haremos ni lo hemos hecho. Nosotros hemos estado alimentándonos de animales que vivían en las calles de esta desgraciada ciudad. ¡Desagradable, pero mejor que morir!

Unos gritos de victoria y alientos sonaron. Luego, la mujer de rojo los calló alzando la mano, mostrando una gran autoridad. Habló con claridad:

-A partir de hoy, tendremos que alimentarnos con otra carne; aquel que se niegue a comer, será asesinado por el canibalismo, pero si todos están de acuerdo en comer...mataremos al individuo de más avanzada edad.

- ¡¿Qué?! –gritó un hombre de cuarenta años- ¡Cómo se les ocurre una cosa así! Prometimos no volver a comernos ¡No al canibalismo!

- ¡Esas cosas fueron el pasado! –respondió el de veinte-. Además, todas esas promesas fueron en una época tan próspera que ni la mente funcionaba.

- ¡Eso lo dicen porque sois jóvenes! –el pavor en la voz de este hombre era muy notable. Más gritos de injusticia se asomaron con toda la cólera que tenían guardada los miserables.

- ¡No solo es eso! –la mujer de rojo gritó con el alma en llamas, con los ojos de una bestia enfurecida- ¡Qué pasa con los doce niños qué están aquí! –la joven, que comía la carne de una pata de su querido amigo fallecido, se estremeció y las ganas tan profundas de vomitar volvieron: miles de emociones querían salir con la espuma blanca-. Ellos son el futuro de nuestra raza, de nuestras ideas... ¡Necesitamos que quede el legado de esta ciudad!

- ¡Pura basura! –dijo un hombre-. Ellos son más nutritivos que nosotros, los adultos. Si lo que quieren es un bendito legado, reproduzcámonos entre nosotros y devoremos a esos pequeños.

El silencio llegó a inundar los corazones de los enfermos humanos. Los menores de quince años estaban estáticos en todos los sentidos, hasta en su respiración. La única consiente era la joven con un dolor infernal en el abdomen, quien ya había iniciado a correr entre las personas, quienes poco a poco fueron mirando a los pequeños con gula y deseo de vivir. Los niños, ante este estímulo, comenzaron a correr en direcciones diferentes, con lágrimas en el rostro, intentando en vano no ser atrapados por las afiladas garras de los leones.

El niño de cabellera rubia fue atrapado y dormido tras recibir una patada en el rostro, por el que se hacía llamar "su protector". Una adolescente de doce años, amiga de la joven quien ya no se divisaba en el parque, fue capturada tras recibir un disparo en la pierna. Dos hermanos mellizos, huérfanos y sin padres, que corrían cogidos de las manos, fueron quemados con el palo en donde cocinaban la comida. Un chico corría con una niña en la espalda y, casi logrando la victoria de esconderse, un hombre haló a su hermana y se la llevó; él, negándose a dejar a su única familia, se entregó al hombre como ardilla asustada. Una pequeña de cinco años fue ahorcada para la cena de ese mismo día... Así, los once niños, uno por uno, fueron víctimas de la locura e impulso de los adultos.

Mientras tanto, la joven corría descalza por las calles llenas de cadáveres y sin lugar alguno a dónde ir. Huyó por horas, corriendo por vías desconocidas, viendo como los cuervos devoraban los cuerpos del piso gélido y oyendo las ratas moviéndose por la tierra manchada de sangre seca. Al final, se detuvo con el alma en el borde de un abismo, con el corazón detenido, las piernas inmóviles, los ojos vacíos mirando un punto fijo y con los labios secos, pidiendo agua a gritos muertos.


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